Cuánto se tarda en hacer una web (y por qué se alarga)
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«¿Para cuándo la tendría?» es la segunda pregunta de casi toda primera conversación, justo después del precio. La respuesta honesta incomoda un poco, porque el plazo no depende solo de quien construye la web.
Aquí el plazo lo pones tú
Conviene decirlo antes de nada, porque cambia la pregunta entera: en Díaz Oliva no hay plazo de entrega que esperar. La web se construye en el editor mientras se escribe y se publica cuando su dueño decide. No hay cola, ni agenda que se libere, ni una primera versión que llegue en unos días.
Lo que sí hay es un plan de entrada gratuito con el que se publica, y cuotas para lo que necesite más de lo que ese plan incluye. Crear y probar no cuesta nada.
Dicho eso, la pregunta sigue siendo buena, porque el tiempo se va a otro sitio.
Si alguien promete una web corporativa hecha a medida y completa en 48 horas, lo que va a entregar es una plantilla con el logo encima. Partir de una plantilla es perfectamente razonable, y aquí se ofrece; lo que no se sostiene es cobrarla como diseño propio.
Dónde se va el tiempo de verdad
Montar las páginas es la parte corta y la más previsible. Lo que se lleva el calendario es casi siempre lo otro:
Reunir el contenido: entre el 60 % y el 80 %. No es una exageración. Una web que podía estar en dos tardes acaba tardando dos meses porque faltan las descripciones de los servicios, las fotos del local o el logo en un formato utilizable. La estructura estaba resuelta el primer día.
Decisiones aplazadas. Si todavía no está decidido si se publican los precios, o si hace falta reserva de cita, el trabajo se detiene en ese punto. No por falta de manos, sino porque cualquier camino que se tome habrá que deshacerlo después.
Accesos y trámites. El dominio registrado por alguien ilocalizable, el acceso al panel donde se gestiona, el alta en la pasarela de pago si hay tienda. Son plazos que no dependen de quien construye la web y que aparecen justo al final, cuando todo lo demás está terminado.
Pulir lo que ya estaba bien. Cambiar el titular por decimoquinta vez no acerca la publicación. Cuando una página ya dice lo que tiene que decir, seguir retocándola es tiempo que no llega a ningún visitante, porque mientras tanto la web sigue sin publicarse.
Montar las páginas: bastante menos de lo que se cree. Con el contenido delante y las decisiones tomadas, una web corporativa correcta, accesible y rápida sale en una tarde.
Cómo funciona aquí
El planteamiento del estudio está diseñado precisamente alrededor de ese cuello de botella. No hay agenda que se libere ni primera versión que esperar: se responden ocho preguntas o se parte de una plantilla, y en cinco minutos hay una web completa y navegable, no un boceto, que se abre desde el móvil.
A partir de ahí el reloj vuelve a estar donde ha estado siempre, salvo que ahora lo lleva quien tiene el contenido. Cambiar un titular es escribirlo y verlo cambiar al lado, así que la espera entre «esto no me gusta» y «ya está» desaparece. Lo que sigue costando lo que cuesta es reunir los textos y las fotografías.
Lo que no acelera nada
Esperar a tenerlo todo. Una web publicada con cuatro páginas buenas trabaja desde hoy; una de doce que sigue sin publicarse el mes que viene no trabaja todavía. Las páginas que faltan se añaden después, y añadirlas es escribirlas.
Empezar por los colores. Elegir la paleta antes de saber qué dice la portada es amueblar la casa antes de saber cuántas habitaciones tiene. El color y la tipografía se cambian en dos clics cuando el texto ya está; al revés, cada cambio de texto obliga a mirar otra vez si sigue quedando bien.
Pedirle opinión a demasiada gente. Cuando las observaciones llegan de cinco personas que no se han puesto de acuerdo entre ellas, la web deja de avanzar y se convierte en un arbitraje. Conviene que decida una sola persona y que las discusiones ocurran antes.
Cómo acortarlo de verdad
Reúne el contenido antes de sentarte a montarla, no después. Es lo que más recorta el calendario, y con diferencia. Textos, fotos, logo y datos legales a mano convierten dos semanas en una tarde.
Empieza por una plantilla o por el cuestionario corto. Partir de una página en blanco es la forma más lenta de llegar a algo. Con la estructura ya puesta, el trabajo es sustituir texto de ejemplo por texto tuyo, que es una tarea que se ve avanzar.
Escribe primero y compón después. Una sección se coloca en un momento cuando ya se sabe qué dice; decidir la composición de un texto que todavía no existe es adivinar.
Resuelve el dominio el primer día. Comprobar quién es el titular y quién tiene acceso al panel cuesta diez minutos al principio y puede costar tres semanas al final.
Publica antes de que esté perfecta. Publicar no cierra nada: la web se sigue editando después, y cada cambio se ve en el momento. Lo que no se recupera son las semanas que estuvo terminada sin que nadie pudiera verla.
En resumen
El plazo de una web no tiene por qué ponerlo un tercero. Montar las páginas se resuelve en una tarde y no hay cola delante. Lo que tarda lo que tarda es reunir lo que solo tú tienes: qué hace tu negocio, en qué se diferencia y qué fotografías lo enseñan.
Así que cuando algo se atasca, la pregunta útil no suele ser «¿para cuándo?», sino «¿qué falta exactamente?».
Y comprobarlo cuesta poco: se empieza aquí, la web se ve mientras se escribe y publicarla no cuesta nada.